Sobre “Apuntes de una semiótica de la desconstrucción”

Semiótica y desconstrucción, dos saberes, dos disciplinas, dos métodos, dos ciencias sociales modernas, cuyo objeto de estudio es el significado de los signos. La semiótica, cuyos orígenes pueden atribuirse a Ferdinand de Saussure, sigue la tradición de filósofos como Platón, Kant, Hegel, Marx; la desconstrucción, propuesta principalmente por Jacques Derrida, continúa los planteamientos de Hobbes y Hume. Ahora Josep Franco I Giner propone acercar estos dos campos teóricos. Establecer la semiótica de la desconstrucción.

Franco señala que tanto en el caso de la semiótica como en la desconstrucción se ha olvidado tomar en cuenta los goces. “Si bien se reconoce que la desconstrucción es un correctivo al excesivo racionalismo de la semiótica, no se deja de querer incluirla en ésta”.[1] Su propuesta es por tanto abrir un espacio en el que se incluya la responsabilidad por el otro y no el miedo del otro. “Un espacio donde no quepa la certeza”.[2]

Uno de los pilares de la modernidad ha sido la búsqueda de la razón instrumental, de la racionalidad. Desde la pretensión de la racionalidad, Occidente ha planteado un discurso, en el cual se ha ejercido la violencia de la exclusión del otro. Donde el otro es cualquiera que no sea blanco, occidental y macho. Ese discurso tiene la pretensión de basarse en la racionalidad del método científico, y de ser, por lo tanto, verdadero. Lo cual excluye la mera posibilidad de que se trate de un mero discurso, es decir, de una ideología. De ahí que la crítica de la deconstrucción se base en advertir de que en ese discurso verdad es igual a poder. Lo verdadero, desde el discurso de la modernidad, no es más que el discurso de la clase en el poder. Lo que ya Marx había sugerido al señalar que la ideología dominante es la ideología de la clase en el poder. Por tanto, no se trata ya de seguir discutiendo en torno al problema de la verdad, de la razón, de los sentidos, sino acerca del poder.

Y cuando hablamos de poder no nos referimos exclusivamente al discurso hegemónico del capitalismo. Por supuesto que en la pirámide del poder está este discurso. Pero para que el poder sea efectivo, el poder necesita del concurso de todos. Cada individuo en su entorno personal ejerce el poder, y sufre el poder. El poder no es tanto una fuerza que se ejerce sobre las partículas atómicas de la masa en forma impersonal, sino, más bien, un campo de fuerzas que se suman y dan como resultante esa fuerza. Se trata pues no tanto de seguir investigando en como domina la clase dominante, sino más bien, cuáles son los discursos que circulan en todos los ámbitos de la sociedad.

Cuando decimos discurso decimos poder. No importa cuánto poder le atribuyamos a la persona que lo enuncia o a la persona a la que se dirige. Por supuesto, esto no significa que no exista efectivamente una relación de dominación en el sistema capitalista. De lo que se trata ahora es de analizar los pequeños tipos de poder, la microfísica del poder, como diría Foucault. El poder que se ejerce en la familia, en la pareja, contra las mujeres, en el trabajo, en la oficina, en la escuela… mediante el discurso: “Esa técnica de las técnicas, que es el discurso, es el poder que genera saber”. [3]

Y desde este saber, valga decir, desde este poder, existen enunciados que pueden ser pensados y expresados y enunciados que no lo son; dicho de otro modo, “sólo hemos pensado aquello que era posible pensar desde la posición del poder y del saber”. Es decir, la política, la sexualidad, la ética y la moral e incluso el arte y la ciencia posibles son aquellos que refuerzan la ideología de la clase dominante, en este caso del discurso de la modernidad. Y se excluye todo lo demás, el otro, donde el otro es todo lo que no está en el centro, es decir, lo que queda en las orillas, en la periferia. El centro es el blanco, macho, occidental. Todo lo demás ocupa la periferia.

De nuevo podríamos pensar que Marx fue uno de los primeros en advertirlo, al hablar de los enfrentamientos entre clases. Pero los conflictos de clases son solo una de las manifestaciones de esta lucha de los excluidos. Los obreros, los proletarios, no son los únicos excluidos en el discurso de la modernidad. También son excluidos las mujeres, los aborígenes, los no occidentales, los homosexuales… El occidental, blanco, macho se construye a partir del miedo al otro. El miedo a la alteridad. Ejemplo: el miedo al islam. Se sataniza a los musulmanes, como los enemigos de la democracia y de la modernidad. E incluso alguien sugirió recientemente que el alud de ayuda que se proporcionó al pueblo de Haití luego de sufrir el terremoto que devastó la isla era un reflejo de la mala conciencia de los occidentales y de su enorme complejo de culpa. Puede ser…

Durante el siglo XX vimos la rebelión de los excluidos. Antes también, pero en el siglo XX sus manifestaciones han proliferado. Los negros en Estados Unidos, organizados en movimientos anti raciales, seguidores de líderes como Malcolm X o Martin Luther King. El movimiento de las mujeres, que dio lugar al feminismo; las marchas del orgullo gay; los movimientos de liberación nacional; los movimientos indigenistas, como el movimiento neozapatista de los indígenas de los altos de Chiapas en México. Por todas partes surgen movimientos que cuestionan la ideología, o el discurso, o el saber, del poder. También en la cultura surgen nuevos tipos de música, de cine, de literatura; por ejemplo, el jazz, el blues, el hip hop, sólo en Estados Unidos.

Y ciertamente no se trata de minorías. Las mujeres son la mitad de la población. Los musulmanes son casi la quinta parte de toda la población. Más de la mitad de la población son orientales. Luego entonces el centro se ve amenazado por otros centros, o periferias que buscan ocupar el centro. No es casual que el miedo o incluso la paranoia se incrementen en todo el mundo pero especialmente en Occidente, al mismo tiempo que crece también la insatisfacción, o la sensación de que la vida no tiene sentido. ¿Tendrá esto algo que ver con el aumento del consumo de estupefacientes, sobre todo en los países más industrializados?

De ahí la necesidad, dice Franco I Giner, de que todo análisis semiótico incursione en lo político, como lo han hecho, entre otros, Roland Barthes y Michel Foucault. No hace falta ya recurrir a conceptos “gigantescos”, como burguesía y proletariado. Si bien tampoco conviene perderlos de vista. Se trata más bien de mirar los mecanismos infinitesimales más precisos que dan lugar a la efectividad última de las relaciones. Se trata en suma de la elección de un método, más que de la negación de la existencia del poder y de las relaciones que establece.

No se puede seguir estudiando el poder, el sentido, la historia, desde ningún centro: más bien de lo que se trata ahora es de ir de la periferia al centro, desde el estudio de lo marginal, de encontrar sentido en las “micro relaciones personales”.  De eso precisamente trata la semiótica de la desconstrucción, donde la semiótica será el punto de partida, pero no para volver a ella, sino para cuestionarla hasta sus últimos límites.


[1] Franco I Giner, Josep, “Apuntes de una semiótica de la desconstrucción”, p. 2.

[2] Ibíd., p. 2.

[3] Ibíd., p. 3.

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