La comunicación y el diseño

La función de comunicar es “esencial, permanente e inherente a la naturaleza humana”.[1] Los medios masivos de comunicación solamente amplían esta función. Esta aclaración parece bastante trivial, pero vale la pena hacerla porque cuando se habla de comunicación a menudo se piensa en los medios masivos de comunicación. Tal es la importancia que han adquirido en los últimos cien años, a lo mucho, con el desarrollo y proliferación de la radio, la televisión y el Internet, además de la prensa y el cine, que son más antiguos, y de las llamadas “industrias culturales”. Se olvida que siempre ha habido comunicación aun entre los primeros grupos humanos. Los hallazgos arqueológicos de las primeras civilizaciones de África, América, Asia y Europa, nos proporcionan múltiples ejemplos de objetos relacionados con la función de la comunicación, desde las pinturas rupestres y estatuillas de arcilla del neolítico, como las Venus de Wilendorf, hasta frescos, estatuas, estelas e inscripciones esculpidas, talladas o dibujadas en muros, tablillas de arcilla, papiros, vasijas y piedras, por mencionar sólo algunos. Como se ve, los medios y los materiales empleados son numerosos y variados. Algunos más resistentes que otros. Otros más fáciles de transportar o de usar. Y desde la invención del grabado, la prensa y más tarde la fotografía, también susceptibles de reproducirse mecánicamente.

Otra idea asociada comúnmente cuando se habla de comunicación es pensar en formas de comunicación oral o escrita e incluso visual, como referidas al habla, la literatura, la pintura, el grabado, el cine o el video. Pero recientemente también se ha empezado a considerar el diseño como una forma de comunicación. Volviendo al ejemplo de las antiguas civilizaciones, encontramos medios e instrumentos relacionados con la función comunicativa en frescos, estatuas, estelas, inscripciones y pinturas, evidentemente, pero ¿qué ocurre entonces con las múltiples piezas de cerámica, los adornos de plumas, piedras y metales preciosos, los textiles, los templos e incluso herramientas como cuchillos, hachas, flechas, etcétera? ¿Podemos decir que también que estos objetos comunican? Y en general, ¿podemos decir que el diseño comunica? Si, como señala Néstor Sexe, la comunicación trata de signos y el diseño trata con signos, la respuesta, entonces, es sí.[2]

Los modelos epistemológicos de la comunicación y el diseño

El interés por la función comunicativa del diseño es reciente y se vincula con el desarrollo de la producción en masa y de la sociedad de consumo. Para algunos, el diseño es una de las formas de la comunicación; para otros, una de las funciones del diseño es la comunicación. Así, se considera ahora que los objetos diseñados deben servir para resolver un problema, es decir, cumplir una función, desde luego, y también ser estéticamente agradables, y, además, deben comunicar. Si bien estos dos conceptos son válidos y pueden servir como punto de partida hacia una reflexión más profunda en torno a la comunicación y el diseño, también son un poco limitantes.

Siguiendo a Néstor Sexe, podemos ahondar en esta relación a partir de tres paradigmas o modelos de explicación de la comunicación, a saber:

  • Los fenómenos empíricos.
  • Los modelos estructurales.
  • La investigación transdisciplinar.

De manera muy esquemática,[3] para la corriente epistemológica basada en el empirismo, dentro de la cual Sexe incluye el funcionalismo, el conductismo y la teoría crítica, en el mundo físico existe una verdad por conocer, que el método científico permite descubrir. Este método se aplica principalmente en las ciencias naturales, que tratan sobre fenómenos observables y cuantificables, y por lo tanto objetivos, pero también es aplicable, con ligeras modificaciones, en las ciencias sociales, que tratan sobre fenómenos tanto subjetivos como objetivos. Según el modelo funcionalista de la comunicación, existe un estímulo que produce una reacción. Esta relación se simplifica en el bien conocido esquema siguiente:

Emisor → Mensaje → Receptor

O bien según el modelo conductista:

Causa → Mensaje → Efecto

El código es decodificado por el receptor exactamente como el emisor deseaba que lo hiciera. En otras palabras, el receptor recibe el mensaje de forma completamente pasiva. En el caso de los objetos, según el modelo funcionalista, producen reacciones medibles y previsibles.

La teoría crítica, de inspiración marxista, advierte de que entre la producción y consumo de bienes existe una relación asimétrica, sujeta a relaciones de poder. La sociedad es considerada un mercado y tanto la comunicación como los objetos son simples mercancías. El interés de los productores es obtener ganancias. Los consumidores son manipulables y están sometidos a los propietarios de los medios de comunicación o de producción. Su capacidad de transformar las relaciones sociales de comunicación es escasa o nula.

Por su parte, los modelos estructurales, entre los cuales Sexe distingue los modelos organicistas basados en las ciencias naturales y la corriente estructuralista inspirada por la teoría semiológica de Saussure y desarrollada, entre otros, por Lévi-Strauss y Roland Barthes, hacen énfasis en las relaciones estructurales entre los miembros de una sociedad y entre éstos y los mensajes y los objetos que circulan entre ellos, a manera de una red. Los objetos, en particular, son vistos como parte de un sistema que permite establecer relaciones de comunicación. Estas relaciones de comunicación están sujetas a las relaciones de poder.

Para la investigación transdisciplinar la realidad no es algo que esté dado a priori y por descubrir, sino que se construye socialmente, un constructo social. Ninguna disciplina social por sí sola puede dar cuenta de las relaciones de comunicación. Se requiere del concurso de varias disciplinas sociales para intentar explicar la comunicación: sociología, antropología, psicoanálisis, ciencias políticas… La comunicación y el diseño están en un campo donde se articulan y consensan subjetividades. Y en particular, “el objeto comunica, si por comunicar entendemos que condensa una amplia construcción de subjetividades históricas, de uso, de comportamientos y de estrategias”.[4]

Conclusión

Podemos concluir entonces que todo diseño, y por tanto, cualquier objeto diseñado, comunican. Bien porque produce un estímulo y una respuesta; bien porque forma parte de un sistema de objetos que establece relaciones significantes, o bien porque condensa una historia, una visión del mundo a la vez particular y universal. Los medios masivos de comunicación evidentemente amplían la función de la comunicación. Pero también la arquitectura, el diseño industrial o gráfico, y en general los objetos, tanto si son producidos en masa como artesanalmente. (Que aquello que comunican además permita enriquecer las relaciones sociales o más bien las empobrezca es otro asunto.) En este sentido me gustaría tomar como ejemplo el campus original de Ciudad Universitaria, declarado recientemente por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad “por poseer profundos valores de excepcionalidad universal de la cultura de México”. Se trata de uno de las obras arquitectónicas más representativas de la arquitectura modernista de México. Sintetiza además la expresión de la cultura y la política de una época, la del México postrevolucionario. Las aspiraciones de ingresar en la modernidad, conservando al mismo tiempo las raíces, y paradójicamente, las contradicciones de una sociedad a caballo entre la tradición y la modernidad, de grandes desigualdades económicas y sociales, y bajo un regimen autoritario. En este sentido, visitar el campus de CU es como asistir a una lección viva de la historia del México postrevolucionario, y concretamente de la fundación del Estado moderno mexicano, con todas sus contradicciones. Toda la obra expresa –comunica– estas contradicciones, en los muros de la torre de rectoría y de la biblioteca central, pero también en los mismos edificios, en la gran explanada, y en los auditorios y facultades que la rodean. A más de medio siglo de su creación sigue siendo un espacio vivo, un espacio de encuentro, donde se respira la participación de los estudiantes y se discuten las ideas. Es el espacio que ha permitido tanto el desarrollo de las ciencias y de las artes, como el movimiento estudiantil del 68. Un ejemplo de cómo la arquitectura puede servir para permitir la comunicación y crear ciudadanía.


[1] Sexe, Néstor, Diseño.com, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 59.

[2] Ibíd. p. 75.

[3] Para un análisis más detallado, ver Sexe, Néstor, Óp. cit., pp. 61-67

[4] Sexe, Néstor, Óp. cit., p. 66.

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